¿Quién es el “distraído”?

Entre las familias a las que represento está claramente identificado que el principal problema al que nos enfrentamos, no es tanto la dificultad misma sino el propio sistema educativo que rige en nuestro país, es más, los diecisiete sistemas educativos que rigen cada una de nuestras Comunidades Autónomas, cada una con su idiosincrasia particular, además de las veleidades políticas que dependen en cada una de ellas de la ideología de quien gobierna en cada momento y en cada lugar.

Sabemos que el sistema está integrado por los maestros (me gusta mucho más esta palabra que la frialdad que encubre el “profesor”), los servicios de orientación escolar en cada uno de sus niveles, la propia inspección educativa que supervisa y controla el desarrollo y cumplimiento de la normativa actual, así como los distintos responsables de cada una de las Delegaciones Provinciales y la propia Consejería de Educación, que son quienes tienen el encargo de los ciudadanos de garantizar el constitucional derecho de igualdad de oportunidades que consagra nuestra Constitución y que se plasma en la actual Ley Orgánica de Educación de mayo/06.

A todas estas personas en cuyas manos está la educación de nuestros hijos me gustaría contarles una de esas cientos de “anécdotas” que ponen en cuestión la formación profesional de uno de los elementos que forman parte de nuestro sistema educativo (lo cual no significa que los otros elementos del mismo sistema, que ya hemos enumerado, no presenten déficits de formación del mismo o mayor nivel de responsabilidad profesional): el profesor (ahora sí utilizo conscientemente la palabra profesor, porque estoy convencido de que un “maestro” nunca sería capaz de manifestar en voz alta tal comentario). Se trata de un niño de nueve años que presenta un tipo de dislexia especialmente poco frecuente (escribe y lee en espejo -literalmente…!!!-, tanto sílabas, como palabras, como rótulos de dos o tres palabras que forman una marca comercial, –al estilo de “acnalbanucal” en lugar de “la cuna blanca”-). Ante tal acontecimiento, realmente muy poco frecuente en la casuística de estos problemas, el único comentario que se le ocurre a su profesor para explicarse con la familia del chico es algo así como: “anda, fíjate… cómo es de “distraído” y… … siendo tan listo…!!!” Ante lo cual, los padres del niño reflexiona en voz alta y se atreven a decir: “a mí me resultaría tremendamente difícil hacerlo así … … más bien parece que el “distraído” no sea el niño, se necesita mucha concentración para leer y escribir al revés”. Todos ellos a sabiendas de que el niño está diagnosticado como disléxico.

Quién es, entonces, el auténtico “distraído” en esta historia? Si no lo es el niño y parece que tampoco lo son los padres, dada la reflexión que realizan, sólo queda la opción de que el verdadero y único “distraído” sea el profesor. Me asalta enseguida una enorme duda acerca de la aptitud/actitud profesional de este profesor que manifiesta, con su comentario, algo que va más allá del calificativo de “distraído”. Se trata directamente de una falta de responsabilidad total para con su propio trabajo y de ningún respeto para con los que deberían beneficiarse del mismo, sus alumnos. Es, precisamente, ese desconocimiento, casi rayando en el desprecio, de lo más elemental que ha de tener un maestro para su trabajo diario: ser capaz de preguntarse y preguntar a otros sobre lo que puede observarse en cada alumno, lo que me llena de preocupación al comprobar una vez más que existe entre el profesorado una fuerte y anquilosada tendencia a ignorar realidades tan contrastadas científicamente como las Dificultades Específicas de Aprendizaje. Y me preocupa aún más cuando soy consciente de que esa tendencia a ignorar y desconocer las características de estos problemas, no se queda sólo en el grupo del profesorado, sino que tiene sus raíces en la coexistencia de estas mismas actitudes en los otros niveles de responsabilidad que ya se han mencionado, desde los servicios de orientación hasta la misma inspección educativa, donde en alguna ocasión se ha dicho que “eso de la dislexia no es nada, con una cuantas fichitas durante el verano, se quita el problema y ya está”. Hay que ser mucho más serios. La dislexia no se quita, es para toda la vida, tiene una causa neurobiológica y neuromorfológica bien demostrada científicamente y se transmite genéticamente y, además, el trabajo con estos niños no se hace en verano, sino durante todo el año y durante muchos años y, desde luego, no consiste en hacer fichitas. Si no se hacen bien las cosas y se abordan con conocimiento profundo del problema, al cabo de los años nos encontraremos con el temido fracaso escolar de estos alumnos que siendo inteligentes son unos incomprendidos, objeto de burlas y de etiquetas que no corresponden con su realidad. Son miles los niños que con apenas ocho o nueve años de edad presentan graves problemas personales de autoestima, de ansiedad, de depresión, etc. En definitiva, son consecuencias de un problema mal atendido y acaban siendo el gran problema, por encima de su propia dislexia, porque todas sus experiencias marcan su vida para siempre. Como dice un buen amigo y experto en estas problemáticas, muchas de estas circunstancias te hacen pensar en un verdadero terrorismo educativo.

Quede claro, en cualquier caso, que dentro del profesorado no todos sus componentes ofrecen comportamientos como los mencionados, aunque también creo cierto que los maestros comprometidos no son los que mejor se adaptan al sistema establecido, ante el que poco pueden hacer, llegando en muchas ocasiones a tener que tragar, sin compartirlas, normas tan absurdas y antipedagógicas como que el alumno que llega tarde se queda sin entrar a clase hasta el momento del recreo. Entretanto se deja al niño sin hacer nada, fomentando la vagancia y la propia inasistencia a clase. Y qué decir del recurso establecido de expulsar, incluso durante varias semanas, a un chico a su casa por su mal comportamiento en el colegio, semanas que en muchos casos se convierten, por ausencia laboral de los padres, en el mejor coto de la vagancia para el muchacho que se queda solo en casa. Cualquier tipo de problema que tiene lugar en el colegio debe ser abordado por el propio colegio, por sus servicios de orientación y asesoramiento, en lugar de echar balones fuera y lanzar el problema a la casa y a la familia que, por otra parte, puede no contar con recursos para afrontarlo.

Si estas reflexiones y “anécdotas” consiguen despertar en algunos de los elementos del sistema educativo, desde el profesorado hasta los últimos responsables políticos, (incluyendo a los que forman parte de la oposición en cada Comunidad Autónoma de nuestro país, la educación y la infancia es cosa de todos, no importa el signo político), un mínimo de sensibilidad y compromiso, tanto profesional como personal, a favor de los niños con dislexia, no sólo estaremos en el camino de evitar un elevado coste socio-sanitario de las secuelas psicológicas que conllevan estas dificultades a nivel individual y familiar, sino que además también estaremos en el camino de reducir el fracaso escolar en nuestro país a cifras bien por debajo de la mitad de las actuales. Necesitamos profesionales bien formados en cada una de las realidades que conforman la diversidad educativa en nuestra escuela, pero también necesitamos responsables políticos que sepan recoger nuestros legítimos derechos para darles forma en el aspecto normativo de la legislación autonómica que corresponda en cada lugar de nuestro país. La LOE actual, por fin, nos acoge. Ahora es necesario que cada una de las diecisiete legislaciones autonómicas, con sus particularidades, se impliquen en el desarrollo pormenorizado de las actuaciones oportunas en materia de estas Dificultades Específicas del Aprendizaje, que son diferentes de otras realidades que componen la Diversidad y en consecuencia, precisan actuaciones también diferentes.

Porque si no es así, seguirá quedando la duda de quién es el distraído en todo esto. Quizá haya que pensar que el distraído tampoco es el profesor, ni el niño, ni la familia … Al fin y al cabo, quien tiene la competencia para hacer que el sistema funcione es el responsable político de turno al que los ciudadanos hemos elegido. Las asociaciones a las que represento esperan que esa sensibilidad sea una realidad y apoyarán tanto cualquier iniciativa de la administración como cualquier otra que parta del mundo del profesorado, de los profesionales de la orientación educativa, de la inspección y de los diversos técnicos que conforman las distintas delegaciones provinciales de cada una de las Consejerías de Educación de cualquiera de nuestras Comunidades Autónomas.

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