ESTEBAN VICENTE EXPOSICIÓN EN EL MUSEO DEL PATRIMONIO DE MALAGA

Esta exposición, que está formada por cincuenta obras, entre pinturas, dibujos y collages, provenientes del Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente de Segovia, arranca con un lienzo de 1925, Bodegón con «Le Crapouillot», una obra que, por la preocupación por la estructura y la construcción de las formas, remite indudablemente a Cézanne, pero que por su delicadeza y suavidad en la aplicación de los pigmentos, participa de la atmósfera del Joaquín Sunyer de 1919-1920. Por entonces ya hacía más de un año que había dejado la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde había ingresado en 1921 para estudiar escultura. Otro cuadro espléndido de ese mismo 1925 es el Retrato de su hermana Sagrario, magníficamente compuesto, atendiendo a la volumetría general de la figura, y con una maravillosa entonación verde botella que contrasta suavemente con el gris del fondo.
Del decenio de los años treinta, la muestra de Málaga exhibe varios dibujos y un óleo. Éste es de 1931. Para entonces ya había vivido Vicente durante algún tiempo en París, adonde se marchó por primera vez en 1929, después de haber hecho su primera exposición, el año anterior, en el Ateneo de Madrid, con Juan Bonafé. En París conoció a Picasso en su estudio de la rue de La Boétie y trabajó como escenógrafo. Buena parte de 1929, seis meses, los pasó en Londres. De nuevo en París, entre 1930-31, gracias a una beca de la Junta de Ampliación de Estudios, donde ahora conoce a Max Ernst. El óleo, Paisaje con sombrilla roja, presenta una deliciosa entonación verdosa, que hace resaltar el negro de una de las figuras del primer término, y, sobre todo, la breve pero intensa pincelada de rojo que conforma la sombrilla, un toque encendido y vibrante de color que anima por sí solo toda la composición. En sus dibujos de la naturaleza de los años treinta hay una observación atenta del paisaje, tratando de sintetizar y plasmar a través de un grafismo rápido, pero al mismo tiempo elaborado, lo esencial de aquél. Este realismo y naturalismo en el tratamiento de las formas del paisaje, que se remonta a la Escuela de Barbizon, hunde sus raíces en el paisaje francés de mediados del siglo XIX, aunque estas aproximaciones van a ser transitorias en la poética de Esteban Vicente.


Para cuando realiza los dibujos de Martha’s Vineyard, hace ya casi dos años que vive en los Estados Unidos. De 1941 son unos magníficos dibujos a tinta y carboncillo de desnudos femeninos, en los que, o bien inserta el volumen de la figura en el espacio con una rotundidad y construcción admirables, o bien bosqueja la figura con unos cuantos trazos y manchas, insinuando las formas del cuerpo a través de unas cuantas líneas esenciales.
Las transformaciones definitivas tienen lugar hacia 1950. De ese año es un óleo sobre papel completamente abstracto. Manchas grises, naranjas, amarillas, verdes y negras sobre un fondo blanco, dotadas de indudable unidad cromática y equilibrio, como si todas ellas bailasen o estuvieran suspendidas en un espacio que las acoge impidiendo que abandonen su lugar. Después de un breve periodo, hacia 1956, en el que formas geométricas de contornos imprecisos, cuadrados y rectángulos, intensamente coloreados de rojo, naranja, negro o amarillo, destacan sobre un fondo grisáceo, Vicente realiza en 1958 unas estupendas composiciones, densas, empastadas, que son puros ejercicios cromáticos, aunque el color parece atemperarse, mezclando los colores, los azules, marrones, verdes y amarillos, dejando constancia de la vinculación con la pintura europea.
A partir de 1967 la obra pictórica de Esteban Vicente comienza a adquirir los nítidos perfiles plásticos que la singularizan en el panorama norteamericano y español. Con un empleo casi aterciopelado del color, las composiciones abstractas de sus lienzos se nos muestran como intensamente decorativas, pero al mismo tiempo de una espiritualidad profunda. El efecto de calma y de profundidad que provocan es de un orden distinto al puramente visual; parece tratarse de un estado mental. Incluso la sensación de profundidad no es espacial, sino espiritual. Un lienzo extraordinario, de 1972, es una gran composición dominada por un rojo apagado, un violeta rojizo que parece atrapar la luz. En Alison Series: Harmony, de 1976, la sobriedad cromática, sólo el gris de fondo y las manchas azules que flotan en el magma, no impide, sino todo lo contrario, el sentido de homenaje, el recuerdo a Alison Peters, hija de la que era su esposa desde 1961, Harriet Godfrey Peters. Un poco más adelante, entre 1980 y 1983, aparecen unas bandas horizontales de color, atravesando el cuadro de un extremo al otro, como a modo de estratos, naranjas, violetas apagados, pero manteniendo el mismo concepto que en los lienzos anteriores, idéntica técnica en la aplicación de la pintura.
Harriet, de 1984, es una pintura excepcional, de una intensa y luminosa belleza. En cierto modo es una obra de síntesis, pues en ella se funden las grandes zonas cromáticas que relacionaban a Vicente con Rothko, con las bandas horizontales de color, y de nuevo aparecen las áreas delimitadas y aisladas que encontrábamos en los años cincuenta, pero todo ello tratado con una suavidad exquisita, otorgándole un aspecto algodonoso a los bordes de las áreas de color.



Desde principios de los ochenta en adelante, el color se multiplica, se hace más variado, mientras que las áreas en que las formas fragmentan la superficie se interpenetran, fluyen, se invaden mutuamente, al tiempo que se acentúa el desenfoque, como si se agrandase todo con una lente de aumento y lo estuviésemos viendo desde muy cerca. Las tonalidades esenciales de Vicente se mantienen, aunque se enriquecen con otras que terminarán convirtiendo estos lienzos en una verdadera sinfonía de malvas, verdes, amarillos, naranjas y azules. Su extraordinario conocimiento de la historia de la pintura, su asimilación del color y de la luz, su sensibilidad poética en la disposición y tratamiento de las formas, han ido haciendo de Vicente un pintor clásico. Bastaría para confirmarlo cualquiera de las obras que realiza hasta su muerte en 2001, pero quisiera llamar la atención sobre Soledad, de 1991, tan misterioso, con esas cuatro manchas rojas resaltando sobre el verde del fondo, con esa imprecisa atmósfera acuosa, neblinosa, en definitiva, un espacio pictórico que ciertamente crea un ambiente, predispone a la contemplación y la meditación. Gemela de la anterior, en lo que se refiere a su naturaleza espiritual, es Aquí, de 1993, con toda una gama riquísima en la mitad inferior, mientras que en la mitad superior sólo es necesaria una pequeña forma roja para encender y animar la inmensidad grisácea que hay tras ella.
(Enrique Castaños Alés, Comisario de la exposición)

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